¿qué quieren los hombres casados ​​de los asuntos

‪Las personas solteras pueden dedicarse más plenamente a la obra de Dios: “El soltero se preocupa por los asuntos del Señor, de cómo agradar al Señor. Pero el casado se preocupa de las cosas de este mundo, de cómo agradar a su mujer y sus intereses están divididos” (1 Corintios 7:32-34). Del mismo modo, los hombres casados también miran a las mujeres casadas, porque quieren una mujer que no regañe. 3- La experiencia cuenta Los hombres casados son definitivamente más experimentados, especialmente cuando la satisfacción sexual pasa a ser la razón detrás de una mujer casada que buscan hombres casados. Asuntos sociales ; Laicismo ... Estas cuatro razones explican por qué los hombres sufren más que las mujeres en las rupturas sentimentales ... indican que la salud de los hombres casados es ... No me agradan las suposiciones, es fácil dar consejos que no funcionan o son solo mitos, pero al momento de poner los en la practica no funcionan. Muchas, para no decir que todas las funciones del cuerpo son controladas automáticamente, inconscien... Nota importante: Aunque sé que también hay muchas mujeres comprometidas que hacen lo mismo, este artículo está orientado hacia el objeto de MI interés: los hombres.. Esta es una pregunta recurrente en mi cabeza, básicamente porque cada vez me entero de más mujeres que se topan con estos impresentables especímenes que ante la sociedad se jactan de tener familias felices, y por el otro ... Los hombres mujeriegos tienen ese qué sé yo que atrapan como un imán a muchas mujeres. Será porque nos quedamos asombradas con la autoestima alta y el carisma que suelen tener, porque nos ... La gran mayoría de mamás que conozco son personas buenas y decentes, tratando de hacer su mejor trabajo con los hijos que la vida les prestó por un momento y no tienen por qué dudar tanto de su labor como madres, ni sufrir tanto pensando en el daño psicológico al que los van a someter. Para muchos hombres mayores, la eyaculación prematura sigue siendo un problema, o vuelve a serlo. Una encuesta posterior reveló que la eyaculación prematura afecta al 31% de los hombres de entre 50 y 60 años, al 30% de los de entre 60 y 65 años, al 28% de los de entre 65 y 70 años y al 22% de los de entre 75 y 85 años. ¿por quÉ nos atraen los hombres casados? Muchas mujeres, más de lo que imaginan los lectores, sienten una especial atracción por los hombres casados, asumiendo que aman la aventura y el desafío. Los esposos de otras parecen tener un buen cartel dentro de los grupos femeninos, quizá por su natural inclinación a la infidelidad o porque en ... Los hombres con frecuencia buscan a alguien con quien hablar, que les escuche y no les juzgue o critique; que no les diga qué o cómo hacer las cosas, que no sea controladora o dominante. Es frecuente enterarse que valoran y agradecen mucho encontrar a una mujer limpia, arreglada para él y de buen ánimo, no alguien con quien llegar a pelear ...

Odio a muerte en la España profunda

2017.08.14 08:53 Subversivos Odio a muerte en la España profunda

Sucedió el domingo 26 de agosto de 1990 a última hora de la tar­de en un lugar llamado Puerto Hurraco, un pueblo profundo de Ba­dajoz con 205 habitantes censados y protegido por dos montes ne­gros con forma de ala. Los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, de 56 y 58 años, se apostaron en un callejón, descargaron sus escopetas de repetición y abatieron a quince personas. Nueve de ellas murie­ron entre esa fecha y el 10 de septiembre y las seis restantes fueron reponiéndose con desigual fortuna: todas han quedado marcadas por la tragedia, pero algunas tendrán que soportar el recuerdo en una silla de ruedas.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
En un principio, los hermanos habían venido decididos a asestar un golpe de muerte a la familia Cabanillas —las dos hijas de Antonio Cabanillas, de trece y catorce años, fueron las primeras en caer—, sus enemigos frontales desde los años veinte, pe­ro el olor de la pólvora y la sangre que corría pendiente abajo por la calle principal les dejó clavados en el suelo y en el gatillo. Al final, dispararon sobre todo lo que vieron. Emilio huyó al monte después del primer cargador. Antonio se quedó allí todavía un rato, hasta agotar el segundo. Horas después, de madrugada, la Guardia Civil tuvo que sacar a tiros a los dos hermanos de un cercano olivar en el que se habían refugiado —tanto, que dos guardias civiles resultaron gravemente heridos. Luego, se comentó que por qué no habían huido, por qué habían quedado atrapados en el lugar rabioso de su cri­men. Tal vez, la venganza, que les había atado a Puerto Hurraco du­rante toda la vida, les atara también después de llevarla a cabo.
El suceso se vivió en España con la extrañeza y el temor de quien se encuentra frente a páginas del pasado resucitadas con actores de carne y hueso. La década recién inaugurada quería significar el ine­luctable fin de aquella otra España de oscura conciencia, aislada del mundo y sobreviviendo dificultosamente de recursos escasos y entre penas y culpas que se colaban por los callejones históricos del pesi­mismo y de la tristeza. Eso había terminado. Estábamos en Europa y ya habíamos dado los primeros pasos hacia una modernidad con­sensuada por los propios y arropada por los extraños. Muchos vie­ron en Puerto Hurraco una fotografía antigua o el último latigazo de un mundo que se extinguía, pero muchos otros se enfrentaron, con una perplejidad interrogante, a un suceso real y presente que ponía en cuestión la idea actual de España, siempre vista a través del pris­ma urbano, cubierta por la sombra avanzada de la capital y de las capitales. Aquí se cifraba la incógnita: se trataba del pasado o se tra­taba de ignorancia del presente.
Dos días después de la matanza, el suplemento dominical del dia­rio EL PAÍS envió a quien esto escribe y al fotógrafo Miguel Gener a buscar las claves de un suceso que reunía paradojas suficientes co­mo para pensar que la averiguación no había concluido con la me­ra información del desastre.
Detrás de los visillos
La primera impresión de Puerto Hurraco, una estrecha calle principal en cuesta, a última hora de la tarde espesa y caliente de agosto, con una mujer que todavía fregaba en las paredes y en el cemento las manchas de sangre, y puertas cerradas a cal y canto, fue la de estar visitando un pueblo con gente vigilando detrás de los visillos de la ventana. De vez en cuando se escuchaba, casi exagera­damente, casi como si uno se lo estuviera inventando o esperase in­ventárselo, un cerrojo que recorría la calle, que salía del pueblo y que se perdía en una resonancia entre los omóplatos de los dos mon­tes negros que planeaban siniestramente sobre las casas blanquea­das. No había nadie en la calle y las únicas figuras visibles eran las de dos guardias civiles sentados en un cuatro latas ladeado sobre una cuneta a la entrada del pueblo.
MÁS INFORMACIÓN Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Todo lo publicado en EL PAÍS sobre el caso 2015: Puerto Hurraco quiere olvidar 2010: El último de los asesinos se ahorca en su celda 1994: 688 años de cárcel para los hermanos Izquierdo De vez en cuando, algún vecino cruzaba velozmente y miraba al­rededor como si tuviera que cerciorarse del lugar en que vivía. Con el paso del tiempo, se terminaba descubriendo a otros periodistas y fotógrafos, que salían apresuradamente de una casa para entrar en otra y que ya habían adoptado los hábitos clandestinos de la pobla­ción. El día que siguió al entierro de las víctimas, entre el fragor de cepillos que intentaban borrar la sangre del domingo, un vecino pi­dió a los reporteros que no se marcharan, «porque así se sentían más protegidos». Pero, al mismo tiempo, no aceptaba hospedajes «por temor a represalias». La guerra de Antonio y Emilio Izquierdo ha­bía derivado en una guerra interna: a ver quién dice y qué a los pe­riodistas.
En los días siguientes a la matanza, uno de los aspectos más sorprendentes —para un recién llegado— era el clima de tensión que se había creado entre los propios vecinos. Daba la impresión de que la alarma no había dejado de sonar todavía y de que esta vez el peligro no iba a venir de afuera —Emilio y Antonio vivían en Monte­rrubio de la Serena—, sino de los intestinos de la aldea. La razón, sencilla, pero que tardaba en descubrirse, tenía que ver con los in­trincados lazos de parentesco de los habitantes de Puerto Hurraco. Los Izquierdo y los Cabanillas se odiaban, y el hecho es que una buena parte de las familias de Puerto Hurraco eran Cabanillas o Iz­quierdo, pero una parte aún mayor había mezclado sus apellidos con el sistema endogámico tan habitual en las zonas rurales y aisladas del interior de la península. De forma que los Cabanillas Izquierdo o los Izquierdo Cabanillas suponían un verdadero grueso de la po­blación.
El cementerio era una prueba contundente de esta tupida red de peligros. Situado a un costado de la carretera general, rodea­do de un campo que parecía en estío permanente, mostraba con to­da claridad y en letras de molde la hegemonía de los dos apellidos y de sus mezclas. Para mayor enrarecimiento, en la catástrofe del do­mingo había muerto una cuñada del marido de Emilia Izquierdo, la tercera hermana en discordia junto a Luciana y Ángela —a las que más tarde se acusaría de haber inducido a sus hermanos al asesinato.
En esos días, cada cual podía imaginar la amenaza en el interior de su propia casa o lindando con la del vecino. Todo dependía del bando en que cada uno decidiera alistarse o se sintiera incluido, ha­bida cuenta de que todos y cada uno tenían innumerables posibili­dades de pertenecer a ambos. Por tanto, una cierta arbitrariedad surgida de lo que no se sabía del otro, del próximo, cuyos verdade­ros sentimientos podían haber estado escondidos o disimulados para brotar ahora repentinamente, se unía a la conmoción y al miedo generalizado. La ecuación resultante era, pues, miedo más arbitra­riedad y su solución, una incógnita. Curiosamente, esos mismos tér­minos habían estado, como se vería después, en el origen de la tra­gedia.
Los días que siguieron al suceso fueron días temidos. Había mie­do al regreso de las hermanas presuntamente instigadoras, Luciana y Ángela, evaporadas desde la semana anterior; miedo a Antonio Cabanillas, el padre de las niñas asesinadas; miedo a la respuesta de las distintas ramas de las distintas f31nilias, dentro y fuera del pue­blo; y, sobre todo, un miedo contagioso a que la cuerda del último drama tirase de otros dramas sobre los que el olvido había trabaja­do como una lápida. Algunos vecinos hablaban ya de hacer las ma­letas y de cerrar los escasos negocios. Se temía el éxodo.
Fuera de esto, existía también una aprensión —causada por esta estructura de parentesco— relacionada con que ciertas historias sa­lieran a la luz. Una especie de pudor repentino de una aldea endo­gámica acostumbrada a guardar sus conflictos. Y también un tem­blor vergonzoso a aparecer como el reflejo miserable de esa España profunda, tan traída y llevada por los libros, por el cine y por la te­levisión, de niños en las tinajas, campesinos obtusos y sanguinarios, y malevolencia rural.
En el fondo, con unas cosas y con otras, se estaba jugando la su­pervivencia del pueblo. Había algo más que una disputa sangrienta entre familias: se había puesto en peligro la supervivencia colectiva.
Cuando los vecinos se decidían a hablar era para defender esa su­pervivencia. Insistían, de un modo que se dirigía en primer lugar a su propio convencimiento, como si la presencia del interlocutor sir­viera sobre todo para escucharse a sí mismos, en que el estallido no afectaba más que a los «amadeos» y a los «patas pelás», ramas par­ticulares de los Cabanillas y de los Izquierdo. Aceptar la idea de una guerra entre los Cabanillas y los Izquierdo, sin matices y sin reduc­ciones, era transigir con la idea de una guerra universalizada y con la previsión de una hecatombe a la vuelta de la esquina. Fuera co­mo fuese, el primer gesto de la supervivencia consistía en espantar los fantasmas de una contienda colectiva, particularizando el con­flicto hasta contenerlo en su territorio más pequeño.
La supervivencia, además, merecía la pena en términos objeti­vos. Los términos estaban relacionados con la reciente prosperidad del pueblo, tradicionalmente dedicado a la aceituna, el grano, los cerdos y las ovejas. Las subvenciones estatales y el empleo comuni­tario habían hecho crecer el nivel de vida en los últimos cinco años. Se veían casas nuevas y reformadas por todas partes, las calles es­taban asfaltadas y en los pequeños negocios se respiraban aires de beneficio. Para entenderlo mejor, había que remontarse a la historia de una aldea que no conoció la electricidad hasta los años se­tenta, el agua corriente hasta los ochenta y el asfaltado de las calles hasta hacía seis años. Por primera vez, aquella conciencia colecti­va, secularmente cerrada al mundo, había empezado a asomarse a él. Los defensores de la tesis de la tragedia aislada luchaban con­tra la memoria en una atmósfera de pólvora antigua. Era la memo­ria de una aldea fundada por familias Izquierdo provenientes del cercano Helechal en el siglo pasado y que, a principios de la centu­ria, se encuentran conviviendo con extraños que regresan de una emigración cubana.
En ese momento comenzó la guerra, la guerra de los Camariches (Izquierdo) contra los Habaneros (Cabanillas). Es decir, la guerra de los fundadores contra una familia de intrusos llegada de Cuba. A la vista del entramado presente de parentescos, la resurrección de ese conflicto significaría la guerra de todos contra todos. Después de tan­tos años, y estando tan cerca ya del mundo contemporáneo, los habi­tantes de Puerto Hurraco temían, tras el nefasto domingo de agosto, levantarse por la mañana pensando que cualquiera podía ser un ene­migo, que la fiera dormida podía despertar y llenar el aire de zarpa­zos. Como si no hubiera pasado el tiempo o como si hubiera dado igual que el tiempo hubiera pasado. En ese aspecto, sus sentimientos eran muy semejantes a los sentimientos con que el resto del país les contemplaba. Mientras el país entero, a su vez, se sentía observado por los nuevos y modernos amigos europeos, los mismos que habían surtido la leyenda negra española de hechos que la confirmaban ejemplarmente, de hechos muy semejantes a los de Puerto Hurraco. Seguramente, Puerto Hurraco hizo que los españoles se volvieran tan hipersensibles a la observación como los propios vecinos, y también desde esa oscura culpabilidad nutrida por la incertidumbre y la ig­norancia.
La historia olvidada
Existía, por tanto, una historia de Puerto Hurraco, una historia escondida y, al parecer, fatalmente olvidada, a la que se había re­gresado brutalmente a causa de ese mismo olvido.
Hacia 1920. Unos niños juegan en el polvo marrón de una calle­juela. Los hombres arrastran sus mulas en el campo y las dos len­guas de piedra negra que desde la montaña lamen Puerto Hurraco lanzan chispazos de luz. Los niños son Ángel Cabanillas, apodado El Rapa, y los hijos de La Torcía y La Daniela, ambas de familia Iz­quierdo. De pronto, se enredan en una gresca. El Rapa, de catorce años, se marcha a su casa. Al cabo de un rato, cuando quiere salir de nuevo a la calle, La Torcía y La Daniela le esperan armadas. La madre de Ángel Cabanillas no le deja salir. El incidente crea una tensión desproporcionada entre las familias. No hay un previo con­flicto de tierras, ni otro conocido. Pero la tensión alcanza los años si­guientes, cuando las familias aparecen en la historia completamen­te enconadas.
Año 1928 o 1929. Luis Cabanillas se interpone en la amistad de su hermana Matilde con Alejandro García Izquierdo. Alejandro pide ayuda a los parientes Izquierdo y traman esperar a Luis a la salida del salón de baile de Marcelo Merino. Son las últimas horas de la fiesta, el ambiente del salón está espeso y un amigo de Luis abre la ventana. Por encima de los tejados distingue el perfil lunar de los montes y, con la misma luz, a Alejandro y a sus primos apostados en una de las callejuelas. Luis hace cuestión de honor en salir mientras tantea la navaja que lleva en el bolsillo del pantalón. Antes de que los Izquierdo reaccionen, asesta una puñalada en el cuello a Alejan­dro García. El acuchillado nunca llegó a recuperarse totalmente. «Se quedó como atontado.» Luis Cabanillas fue condenado a siete me­ses de cárcel ya posterior destierro en Peñarroya.
Año 1935. Se repite el suceso con distintos protagonistas e inversa fortuna. Un baile en una fiesta cercana. Basilio Cabanillas ronda a Amelia Izquierdo, prima de Daniel Izquierdo, por mote El Dentis­ta. Al parecer, Basilio y Amelia se entienden. El Dentista interrum­pe la escena y discute con Basilio. El clima se caldea a lo largo de la noche. Finalmente, El Dentista lanza una amenaza y se marcha. Ba­silio regresa al pueblo caminando, sorteando pedregales y olivos en una noche cerrada. El Dentista surge de entre unos matorrales y le apalea hasta tumbarlo. Basilio consigue llegar a su casa y de allí a un hospital de Badajoz, donde tardará semanas en reponerse. Daniel Izquierdo, El Dentista, fue encarcelado y años después tuvo que pa­gar fianza para conseguir la licencia de escopeta.
Hasta estas fechas, los conflictos responden al esquema de Ca­mariches contra Habaneros. No hay disputas materiales de ninguna especie. Las disputas tienen trasfondo grupal y las heredan los pa­rientes por extensión consanguínea y cronológica. Se trata de los fundadores y de los emigrantes que legan a su descendencia una probable competitividad a escala local y sólo explicable dentro de un entorno cerrado donde el roce produce una marca cuya exposición continua tiende a pasar por herida.
El resto forma parte de una historia más y mejor manejada por los que todavía viven. Pasaron 26 años desde las andanzas de El Dentista hasta la desgracia siguiente. En ese plazo largo, que no se­ría el único de magnitud que mediaría entre catástrofes, los Cabani­llas y los Izquierdo debieron de fundirse en una maraña de lazos de parentela, que hoy son inextricables y amenazadores. Estos lazos parecían configurar una paz decisiva. Pero en Puerto Hurraco la paz ni se decide ni tiene dueños.
Años 50. Amadeo Cabanillas Caballero y Manuel Izquierdo, llama­do Mal Tiempo, echan ovejas en los tristes pastos de Puerto Hurraco. Las fincas lindan. No hay cercado, sólo un golpe largo de tierra amon­tonada que las separa. Las ovejas entienden mal la delimitación y se la saltan sin reflexionar. Otra gresca, de no grandes dimensiones, pe­ro que se conserva en la memoria como un hito de este prolongado ca­mino de desavenencias. El que algo así se conserve en la memoria es lo más inquietante de todo.
Año 1961. Se produce el primer choque entre Antonio Cabanillas -el padre de las niñas asesinadas-, todavía niño, y los futuros cri­minales de sus hijas, Emilio y Antonio Izquierdo. «Al niño le tupie­ron la boca de hierba.» El padre de las niñas asesinadas negó en esos días aciagos de agosto que tuviera jamás un roce con Antonio y Emi­lio. Aunque lo negaba no como si negara el hecho, sino como si ne­gara cualquier especie de memoria. Mientras se dirigía con su trac­tor al campo, dos días después de las desgraciadas pérdidas, de la boca de Antonio Cabanillas se escapaba la palabra «maldad» con una certeza religiosa.
El caso es que, sin moverse de la fecha, Amadeo Cabanillas Ri­vera, hijo del otro Amadeo y hermano de Antonio, discutió con Jeró­nimo y Luciana, hermanos de Antonio y Emilio por el asunto del chaval. Luciana se rompe un brazo al caer empujada por Amadeo: ésta es toda la historia de amor que vivieron y que en 1990 levanta­ba especulaciones acerca de un despecho sentimental que habría ali­mentado la última fase del resentimiento. Jerónimo esperó en la fin­ca de Las Pelícanas a Amadeo y lo mató de una cuchillada. Años de cárcel, psiquiátrico y destierro a Monterrubio, a seis kilómetros. El pueblo donde vivían y desde el que tramaron los hermanos Izquier­do la matanza.
1984, veintitrés años más tarde. La casa de Isabel Izquierdo, ma­dre de los convictos y hermana de Mal Tiempo, se incendia. La ma­dre muere, y las hermanas, que estaban esa noche en la casa, acusan a Antonio Cabanillas de haber prendido el fuego y al pueblo entero de no haberles ayudado. Lo cierto es que olvidaron a su madre entre las llamas y que muy pocos vecinos llegaron a despertarse esa noche.
  1. Jerónimo repite cuchillada en la Cooperativa de Monterru­bio, esta vez sobre Antonio Cabanillas, que tiene que ser ingresado. A partir de este momento, los Patas Pelás se enclaustran en su feu­do de Monterrubio. Los hermanos se dedican a jugar a las cartas y a toma: helados de corte, una especie de pasión. Luciana y Ángela van clamando justicia por las calles, se arrodillan delante del cuar­telillo de la Guardia Civil y obligan a los vecinos a desenchufar los frigoríficos ya parar los relojes de pared, por temor a que camufla­ran bombas. Una existencia entre la locura y el miedo, alimentada por confidentes y enzarzadores. Después de que la locura y el miedo hubieran fermentado lo suficiente y se hubieran descompuesto en su propio caldo de cultivo, llegó el domingo sangriento, tras las fiestas de agosto. «Vengo a por el Puerto, esto vengo esperando hace seis años», dicen que gritaba Emilio Izquierdo desde el callejón entre descarga y descarga de su repetidora.
Ruido de cerrojos
Esta historia pudo componerse a partir de fragmentos, de confi­dencias a media voz, hechas en el pequeño bar donde los parro­quianos se limitaban a jugar a las cartas y a vigilar permanente­mente a los periodistas o, tras llamar a alguna puerta, atravesar un largo pasillo y quedarse en el patio del fondo mientras los dueños de la casa echaban los cerrojos. Jamás se confiaban en grupo. Las úni­cas posibilidades dependían de encontrar a solas al interlocutor o de sacarle de la proximidad de los otros. Las mujeres y los hombres ha­blaban en su casa sólo a condición de que no estuviera el cónyuge. La mutua vigilancia a que todos se sometían daba como resultado un silencio a medias y, muchas veces, ficciones o falsedades.
Los más proclives a soltarse, y no mucho, eran los emigrantes que habían regresado para las fiestas y los que habían tomado la deci­sión de marcharse. Por lo general, se negaban a dar el nombre y sólo apuntaban la rama de Izquierdo o Cabanillas a la que pertenecían y cuya posición estratégica en el conflicto era prácticamente imposi­ble desentrañar para el forastero. La mayoría hablaba como Caba­nillas en esos momentos, pero un ligero contraste con el siguiente in­terlocutor arrojaba la idea contraria. No decían su nombre, aunque se denunciaban entre ellos. «Ése con el que dice que ha hablado es un Amadeo» o «ese es un Pata Pelá».
Al llegar la noche, los guardias civiles recomendaban severamen­te que los periodistas dejaran el pueblo. Entonces sí que sonaban los cerrojos más allá de toda atmósfera literaria. Miguel Gener hizo unas espléndidas fotografías de lo que era la noche en Puerto Hurraco, aguantando en aquella oscuridad tensa en la que las luces de los fa­roles se pegaban al suelo y dejaban recortado por encima el cielo an­cho, espeso y nocturno, de las tierras pacenses. Esas fotografías con­siguieron reproducir las tenebrosas impresiones que podría haber sentido cualquiera que se acercara a Puerto Hurraco horas después de la, carnicería. Algo así como meterse en un poblado fantasma del viejo Oeste, pero sin épica, cruzado por caminos que se fundían en la noche y con una carretera cercana que parecía el tramo final de todas las carreteras del mundo. Dentro de las casas, las luces se apa­gaban enseguida y entonces el cielo oscuro empezaba a pesar y a desplomarse como la tapa de un ataúd.
En Esparragosa o en Zalamea, a pocos kilómetros, la noche se vi­vía de muy distinta manera. La gente salía a tomar el fresco al qui­cio de la puerta, se veían corros de adolescentes en las puentecillas y paseantes que se adentraban en la tiniebla de los senderos. Eran las horas para respirar un poco de aire, después de los cuarenta gra­dos de secano que habían carbonizado el día. En Puerto Hurraco no se respiraba, los habitantes parecían contener el aliento hasta que pasara algo que se sentía próximo y fatal. Esa noche calurosa de en­cierro daba la verdadera temperatura del ánimo de la gente.
El día 30 de agosto las hermanas Izquierdo, Ángela y Luciana, salieron de un escondrijo de Madrid y tomaron el expreso de Bada­joz. A partir de ese momento iniciaron su escabroso periplo entre las pretensiones del fiscal, que las acusó de conspirar junto a sus her­manos -aunque la Audiencia de Badajoz revocó en febrero de 1992 el auto de procesamiento-, y su inexorable destino psiquiátrico en Mérida. Pero durante los cuatro días en que estuvieron desapareci­das, Ángela y Luciana se presentaban como la clave que podía des­cifrar los enigmas. Y también disolver el sentimiento de amenaza in­mediata que todavía pesaba sobre las gentes de Puerto Hurraco. Su desaparición había prolongado la inquietud, porque, sin lugar a du­das, tanto para los de Puerto Hurraco como para quienes estaban al tanto en Monterrubio de la Serena, había una diferencia sustancial entre el dedo que había apretado el gatillo y el cerebro que había en­viado la orden.
La casa de Monterrubio era una casa de pueblo de dos plantas pe­queñas embutida en una hilera y tan cerrada a cal y canto como, según decían, lo había estado en los últimos años, cuando los hermanos y hermanas Izquierdo vivían en ella. El diagnóstico del vecindario era tan concluyente como lo fue después el de la Audiencia. Eran dos mu­jeres mayores, de 49 y 63 años, prematuramente envejecidas, cuya existencia estaba organizada alrededor de los líos vecinales, que salían dando gritos de su casa y recorrían las calles insultando a sus parien­tes de Puerto Hurraco y a cualquiera de Monterrubio que se cruzara con ellas, que peregrinaban regularmente al cuartelillo y que, simple­mente, «no podían estar bien». En contraste, Emilio y Antonio rara vez protagonizaban un altercado. Parecían bastante pacíficos o quizá sólo tranquilos y, según la opinión del coro popular de Monterrubio, absolutamente dominados por sus hermanas.
Ninguno de los cuatro se había casado. La única pista sentimen­tal relacionaba a Luciana con Amadeo Cabanillas, en el famoso episodio que concluyó con fractura de huesos para la mujer y que inau­guró la última fase criminal entre las familias antagonistas. Luciana negó en días posteriores que hubiera existido semejante posibilidad, como no podía ser de otra manera. Los cuatro hermanos, por lo de­más, apenas salían de la casa de Monterrubio, donde las persianas estaban permanentemente bajadas y los pestillos echados. Allí fue­ron re cociendo su animadversión y sus malos sentimientos durante seis años.
Con todo ello viene el dilema. La matanza de Puerto Hurraco pue­de ser contemplada a la luz de una historia secular de rencillas y con­flictos que culminó de esa manera como podía haber culminado de cualquier otra parecida, o bien esa tragedia hay que observarla a tra­vés de esta última escena, mucho más reducida, mucho más actual, mucho mejor iluminada. Si fuera así, lo que se ofrece a la vista es el cuadro de cuatro hermanos encerrados en sí mismos, con antece­dentes psiquiátricos y con manifestaciones de desequilibrio patentes, aislados en un pueblo de Badajoz que ni siquiera es el suyo, armados hasta los dientes y profiriendo amenazas constantes, ante la pasivi­dad de instituciones y vecinos. Después se conocería el dominio pa­tológico que los mayores ejercían sobre los pequeños y también sal­drían a la luz abultados rumores sobre la vida de los Izquierdo. Pero no había ninguna necesidad de ello, porque un simple vistazo a los historiales clínicos, al entorno familiar en el que habían crecido y aprendido, a su vida cotidiana y a sus hechos cotidianos, habría bas­tado para anticipar un pronóstico de lo que podría ocurrir y de lo que fatalmente ocurrió.
Los desheredados
La historia de la España negra y profunda siempre ha servido ha­cia dentro y desde fuera. Desde fuera, el que más y el que menos ya sabe cómo ha funcionado. Pero, paradójicamente, también ha sido eficaz a la inversa, tapando la desidia de la sociedad civil y de las instituciones públicas, y arrojando al pozo sin fondo de la concien­cia de un pueblo que se ha movido entre la supervivencia y el olvi­do todos los desastres que nadie era capaz de asumir.
Desde un punto de vista literario y dramático conmueve descubrir que un pueblo de doscientos habitantes guarde en su memoria cen­tenaria un arsenal de disputas que van desde lo ridículo hasta lo ca­tastrófico, con nombres y apellidos, con detalles minúsculos trasmi­tidos de padres a hijos como las palabras de una liturgia, y que la tragedia corone finalmente esta memoria. Pero desde el punto de vis­ta de los hechos, lo único que se acerca a los motivos verdaderos —más allá de las leyendas que nos dejan tan enaltecidos como vulne­rables— es la constatación de que cuatro personas enfermas, indivi­dual y socialmente enfermas, armadas, aisladas y sin escapatoria an­te el mundo, explotaron un mal día en un clima colectivo de asombro que sustituyó automáticamente a una colectiva indiferencia.
Como en las malas películas, todo trató de resolverse judicial­mente. Los juicios tienen la virtud de aplicar condenas y de trasfe­rir las ideas de bien y mal a la potestad de un tribunal o de un ju­rado que, en realidad, sólo se ocupa de crímenes y castigos. El juicio de los hermanos Izquierdo causó la misma expectación que la trage­dia y dejó las cosas en el lugar donde se quedan las cosas intocables.
El 17 de enero de 1994, Antonio y Emilio Izquierdo se sentaron en el banquillo de los acusados, cuando ya se había decidido la re­clusión de sus hermanas en el hospital psiquiátrico de Mérida con un diagnóstico de «delirios paranoides». José Gómez Romero, el psi­quiatra que las tenía a su cargo, declaraba en esas fechas, tres años y medio después de su ingreso, que «Luciana y Ángela han mejora­do algo, poco a poco, pasean con otras internas y, sobre todo, Ánge­la ha desarrollado un poco de su personalidad, condicionada por la de su hermana hasta el punto de que, al principio, las cogías por separado y te hablaba utilizando las mismas expresiones que Lucia­na» (EL PAÍS, 23 de enero de 1994). En el juicio, los peritos psiquiá­tricos llegaron a la conclusión de que Emilio y Antonio Izquierdo su­frían «alteración de la personalidad de carácter paranoide». Cosa que, al parecer, «no alteraba el plano de la conciencia», si bien «so­bre esta personalidad, que constituye terreno abonado, hay una vi­vencia (la muerte de la madre) que es vivida de forma muy trau­mática por estas personas y se convierte en una idea sobrevalorada (la venganza) que invade el campo psíquico del sujeto. En este sen­tido estimamos que su capacidad volitiva podría estar disminuida» (EL PAÍS, 18 de enero de 1994). Dado que la psiquiatría se mueve por el mundo como si fuera una ciencia, hay cosas que los legos no pue­den entender. Por ejemplo, el que la conciencia no se altere cuando hay una idea sobrevalorada que invade el campo psíquico del suje­to, disminuyendo además su capacidad volitiva. Misterios del ser.
Los magistrados, en los fundamentos de derecho, afirmaron además que Emilio y Antonio no eran enfermos mentales, exponiendo el he­cho de que ambos «eran capaces de manejar un rebaño de ovejas de unas 1.000 cabezas» y que tenían fincas arrendadas, «consiguiendo, a pesar de la crisis por la que atraviesa el campo, poseer una carti­lla de ahorros con unos diez millones» (EL PAÍS, 26 de enero de 1994). Es decir, habría una relación inequívoca entre la salud mental y la gestión económica y agropecuaria. Estaríamos aquí ante una especie de protestantismo psicológico —visto a través de la doctrina de la predestinación mental.
Así pues, los delirios paranoides de los hermanos y de las herma­nas Izquierdo tuvieron distinto final como consecuencia de la dife­rente relación con el gatillo. La justicia actuó sobre los hechos y se limitó a sancionarlos, salomónicamente, con sus dos espadas con­temporáneas: el psiquiátrico y la cárcel. El 25 de enero de 1994, An­tonio y Emilio Izquierdo fueron condenados a 688 años de cárcel perfectamente divididos entre ambos como autores criminalmente responsables de nueve asesinatos consumados y seis frustrados. Los ponentes afirmaron que los dos hermanos prepararon por «vengan­za» un «plan de exterminio del mayor número de habitantes posible de Puerto Hurraco».
Aunque la Justicia dictó sentencia, y con ella la sentencia del ol­vido o del comienzo del olvido, lo cierto es que, más que disipar la temida imagen de España, la reveló en fotografías nuevas. La mitad locos o idiotas, la mitad asesinos carniceros. Y, sin embargo, habían pasado muchas otras cosas sobre las que no se podía dictar senten­cia como la abrumada existencia de esas cuatro personas encerradas en una casa de Monterrubio de la Serena hablando con sus fantas­mas en un idioma delirante, o la supervivencia en un entorno capaz de trasmitir de generación en generación la forma en que unas ove­jas se saltaron unas lindes de tierra amontonada para provocar una refriega. El mundo es complicado y la ley lo simplifica en términos de habitabilidad convencional, cuando la ley se cumple. Pero, con toda certeza, la masacre de Puerto Hurraco debió servir para llevar a la superficie una imagen de la España actual más allá de los tópi­cos y de las ideas conformadas a las que invita la desidia intelectual de la que somos ancestrales herederos. Muchas regiones rurales es­pañolas están todavía iniciando el siglo XX y esta situación no se re­fiere solamente a medios materiales de vida o a capacidad de pro­mover recursos, sino también al lugar que ocupan en el proyecto de este país. El abandono a su locura de los cuatro hermanos Izquier­do podría ser también el abandono a que se ha sometido a una vas­ta extensión de la vida española que no encuentra su sitio en ningún proyecto y que no se ve reflejada en ningún futuro. La España ne­gra no está hecha de ningún material particular. Si está hecha de al­go es de los ojos que no quieren mirarla.
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2015.01.27 23:56 FRIMO1962 ENTREVISTA JOAN CANTARERO, CUATRO AÑOS INFILTRADO EN UNA ASOCIACION EMPRESARIAL DE BURDELES “Una fortuna del negocio de la prostitución va a un grupo minoritario ultraderechista”

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PRESENTACIÓN DE ANELA. Primera Asamblea Nacional de ANELA celebrada en Madrid en febrero de 2001. En el centro su secretario general técnico, José Luis Roberto El Cojo, que en 2002 fue elegido secretario general del partido España 2000.
Joan Cantarero publica Los amos de la prostitución en España (Ediciones B), libro que recoge cuatro años de intensa investigación periodística dentro de la ANELA. DIAGONAL conversó con él sobre la intensa relación entre la multimillonaria patronal de la prostitución y la extrema derecha.
DIAGONAL: ¿Qué lazos unen a la ultraderecha en el País Valenciano con el mundo de la prostitución?
JOAN CANTARERO: Las vinculaciones entre la extrema derecha y el mundo de la prostitución son muchas. Específicamente, las vinculaciones entre España 2000 y ANELA, la patronal de los empresarios del alterne son evidentes. El secretario general de España 2000, José Luis Roberto, es secretario general técnico de ANELA. En las elecciones municipales de 2003 fue cabeza de lista para el Ayuntamiento de Paterna. El número dos de esa candidatura, Anselmo Domínguez, más conocido como Rubén El Gallego es miembro de ANELA y ejerce como dueño de varios locales de alterne tales como Punto G y Las Palmeras en Castellón, La Rosa en Valdepeñas y otros muchos. Por otra parte está el abogado Manuel Salazar Aguado, casado con la hija del General Escandell, abogado del General Milans del Bosch durante el proceso a los golpistas del 23-F y a quien se le atribuye la redacción del bando militar de la asonada en la ciudad de Valencia. Asimismo, el suegro de Salazar ha sido defensor de generales de la Guardia Civil como Atarés, quien amenazó al ministro de Defensa de Suárez, Gutiérrez Mellado, ante cientos de testigos, civiles y militares. Los abogados de la ultraderecha juegan siempre el papel, especialmente en el mundo de la prostitución, de simples asesores. Salazar y Roberto presiden actos, a pesar de que los asesores no tienen que cumplir estas funciones. Evidentemente se lucran de la prostitución. El cuartel general de Roberto y Salazar está localizado en la sede de Levantina de Seguridad, sede muy conocida en Valencia, situada en el pasaje Ruzafa. En otra de sus sedes, en la calle Conde Altea, 1, puerta 22, está también ubicada la sede de la Central de Compras de ANELA, es decir, las oficinas donde se gestiona tanto la revista de ANELA (ANELA Actualidad) como la atención de los pedidos de los asociados: preservativos, sábanas, bebidas isotónicas o cualquier otra actividad. Es evidente que no solamente tienen relación sino que, además, se lucran. El 50% de los ingresos de la Central de Compras de ANELA van a parar directamente a manos de Roberto y de José Roca.
D.: ¿Quién es José Roca y qué actividades empresariales desarrolla?
J.C.: Roca es el jefe de márketing de ANELA. Es un individuo sin estudios, vive en Lloc Nou d’En Fenollet, cerca de Xàtiva, donde fue concejal del Partido Popular, y gestiona la empresa Roca Asesores (situada en la calle Hugo de Montcada), que administra, entre otras cosas, las webs de muchos clubs de alterne, la de Levantina de Seguridad, la web de ANELA y la de España 2000. Es el responsable último de todos los chats y fórums de estas páginas de extrema derecha y se encarga de toda la propaganda de España 2000, incluidos los carteles y demás materiales de promoción de las manifestaciones xenófobas que organiza el partido de Roberto. Precisamente Roca es el autor del cartel de la manifestación racista de Ruzafa que ha llevado al banquillo al líder ultra [Ver artículo contiguo]. Además de gestionar algunas páginas pornográficas también está relacionado con webs sobre vale-tudo y también se encarga de escribir las crónicas sobre los actos “heroicos” de los vigilantes de Levantina de Seguridad publicadas por el diario Las Provincias.
D.: ¿Qué otros individuos completan el organigrama de la asociación?
J.C.: Roberto coloca de jefe de márketing a José Roca. El jefe de los servicios médicos es Javier Ruíz Sanhauja, analista clínico con despacho en la calle Ángel Guimerá, pared con pared con el Sindicato Independiente, sindicato vertical dirigido por gente de la ultraderecha íntimos de Roberto. Ruíz Sahauja también es militante de España 2000. Por cierto, su hermano, que se dedica a la construcción, es directivo del club de fútbol Levante U.D. La estructura técnica de funcionamiento de la asociación se solapa con la de Levantina de Seguridad. Las secretarias de Roberto son las encargadas de la intendencia de ANELA que se hace desde el propio despacho de Roberto. Por otra parte, está Manuel Nieto como responsable de los servicios jurídicos en Cataluña, un miembro de la Policía Judicial de Barcelona, ahora en ‘segunda actividad’. Iván Domingo, pareja de María Roberto [hija de José Luis Roberto y abogada del emporio empresarial paterno] es contratado como director comercial.
D.: Roberto argumenta habitualmente que su presencia en el mundo de la prostitución se limita a la asesoría técnica. ¿Qué asuntos gestiona?
J.C.: Las cosas no son como las pintan. En un momento dado nos dimos cuenta de que quien controlaba todo, realmente, no era Pablo Mayo (presidente de ANELA), sino José Luis Roberto. El jefe de tesorería, Marcos Montoya, no había visto un libro de cuentas en su vida. La única tarjeta de crédito que tiene la asociación es de la cuenta del Banco Sabadell, es una Visa Oro a nombre de José Luis Roberto. El único que tenía capacidad de disponer de las cuentas era Roberto, que es secretario general técnico. El tesorero no tenía capacidad para acceder a las cuentas. No sería hasta el año 2004 cuando se legaliza oficialmente la asociación y el Banco Sabadell requiere a José Luis Roberto para que comparezca en el banco con el tesorero para firmar el apoderamiento y así permitirle seguir actuando como único usuario de la cuenta de la asociación. Esto se hizo en la oficina principal del Banco Sabadell en la ciudad de Valencia y yo fui testigo. Cuando ves cómo funciona la historia, empiezas a entender que esto no es como te imaginas.
D.: De hecho, en el libro narras cómo el cerebro de la creación de ANELA es el propio Roberto...
J.C.: En definitiva el que pare la idea es José Luis Roberto, rodeándose de abogados y de personal de la ultraderecha. Cuando se registra ANELA oficialmente en febrero de 2001, Eduardo Arias se encarga de la gestión. Arias es dirigente de la Falange Española y representante de Roberto en Madrid. Tras la constitución de esta asociación aparecen toda una serie de personajes de afinidad ideológica dentro de ANELA y personajes que nada tienen que ver con la ultraderecha pero que forman parte de la dirección de la asociación. A partir de ahí se da forma a la junta directiva de ANELA, formada exclusivamente por empresarios de locales de alterne, a excepción de Roberto, que es secretario general técnico, una especie de director adjunto de total confianza del presidente, en este caso Pablo Mayo, propietario del famoso burdel El Romaní. José Luis Roberto, aun no siendo dueño de un burdel tiene un cargo que le habilita dentro de la organización para ostentar la máxima representación. Para los dueños de los burdeles, los máximos enemigos son la policía y la Guardia Civil. Pero si se presenta un señor que sostiene que en su despacho trabajan policías y guardias civiles, que tiene medallas al mérito militar, esta banda de proxenetas, prácticamente analfabetos, se piensan que acaban de contratar al hombre de la ley. Es un hecho único en el Estado español, y probablemente en el resto del mundo, que se unan en una asociación los dueños de los burdeles. Esto demuestra una gran inteligencia empresarial por parte de Roberto. Estamos hablando además de gente con mucho dinero.
D.: ¿Cuánto dinero se puede llevar José Luis Roberto del negocio de la prostitución?
J.C.: Roberto se lleva aproximadamente 75.000 euros solamente por los asociados cada año. De los 300.000 euros que obtiene ANELA por los análisis clínicos de las prostitutas, el 50% se lo llevan Roberto y Roca. El restante 50% es para el funcionamiento de la asociación, por tanto es el propio Roberto quien decide en qué se gasta. Lo pintes como lo pintes todo pasa por Roberto.
D.: ¿En qué beneficia este negocio a los ultraderechistas valencianos?
J.C.: Da mucho trabajo en la asociación a gente de España 2000, a policías, a ex policías, a ex guardias civiles, que están al servicio de los asociados, aunque se cobra aparte. En definitiva, esta fortuna va a parar a un grupo minoritario ultraderechista liderado por cuatro o cinco personas que apenas obtiene mil votos en Valencia. Mucho dinero para poca gente...
D.: ¿Cómo fue la creación y puesta en marcha de ANELA?
J.C.: Durante el año 2000, ante el incremento de las actuaciones policiales, un grupo notable de abogados dirigidos por Roberto, que incluye a Manuel Nieto, se cita en Madrid en octubre de 2000 con dueños de burdeles para llevar a cabo un plan. Roberto consigue lo que no había conseguido nadie: convencer en una asamblea a los abogados del sector para que éstos convenzan a sus clientes del sector para proponer la posibilidad de crear una gran asociación, que plante cara a la administración y tenga cierto peso sectorial a la hora de reivindicar sus intereses
D.: ¿Las contradicciones evidentes entre su discurso y sus negocios no les causa problemas?
J.C.: En la primera reunión a la que me convocaron, me encontré a Pablo Mayo, a su socio, a Roberto, a Salazar y a Javier Martínez, jefe de sucesos del periódico Las Provincias, ultraderechista y amigo íntimo de Roberto. Yo no entendía muy bien lo que pintaba yo allí, porque en estos tiempos de chaqueteros yo nunca he cambiado ideológicamente y ellos lo sabían. Pero es que ellos cuando quieren montar un negocio les da igual absolutamente todo, incluida la ideología. La ultraderecha más conservadora evidentemente rechaza el comportamiento de Roberto y lo que representa España 2000. De hecho, la ultraderecha está dividida por el lucro y disfrute de la prostitución. La de Roberto no encuentra problemas de ningún tipo en pedir prostitutas extranjeras a pesar de sus campañas contra la inmigración. Esto le crea enfrentamientos con otros colectivos de la ultraderecha que rechazan este tipo de comportamientos. De todas maneras, Roberto no diferencia muy bien la militancia política de sus negocios, además le encanta que se hable de él, aunque se hable mal.
CUATRO AÑOS Y MEDIO DE INVESTIGACIÓN Joan Cantarero ha llevado a cabo una intensa actividad en el campo de la investigación periodística. Hace veintidós años publicó en el diario Levante-EMV el reportaje “Prostitución de niñas en Valencia”, que llevó a prisión a una treintena de personas, entre ellos constructores y políticos, por su implicación en una trama de prostitución de menores. Ha trabajado en diferentes periódicos y revistas. Es director de la Agencia de Investigación Periodística Documentos TV, que realiza trabajos, documentales y reportajes en diversos programas de televisión así como en publicaciones internacionales. Su reportaje Los amos de la prostitución tienen un plan, publicado en diciembre de 2000 en Interviú gustó a los empresarios de los burdeles, y querían más. “Les encantaba que fuesen periodistas de Interviú quienes se ocuparan de su representación ante los medios de comunicación. Hace 15 años que buscábamos eso”. Esto permitió al periodista tener una relación de tú a tú con algunos de los principales capos del negocio de la prostitución en el Estado español. “No les importó tener un periodista de izquierdas; pensaron que iban a tener un pelele a su sueldo, pero se equivocaron, sabíamos lo que hacíamos y lo que realmente buscábamos”. Empezaron a recorrer toda la geografía peninsular prestando servicios en el campo de la comunicación a los asociados de ANELA. “Al cabo de un año empezamos a ver que las cosas no eran como se pintaban, ya no era Pablo Mayo quien controlaba, sino José Luis Roberto”. “A partir del año 2002 empezamos a grabar asambleas y reuniones, guardando documentos y fotografías y escondiendo todo este material”. Y así continuaron hasta que en 2005 la situación se vuelve insostenible tras el reportaje de Mercedes Milá sobre el vale-tudo -cuyas imágenes grabó el equipo de investigación de la agencia que dirige el periodista-, y el propio Roberto, absolutamente desquiciado, presionó a los dirigentes de ANELA para deshacerse de Cantarero.
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